El Charro morado Adventure´s
“Rosariooooo,
Rosarioooooooo, te
quierooo,
te quieroooooo… y
mucho.
Y aí va, nuestro
Charro morado, a cumplir con su obligación en su actual empleo, cuidador de
pacientes en la afamada y grandiosa y siempre hermosa clínica HGZ 21 del IMSS. La
verdad iba a cuidarla en la casa de la señora, pero…
Muy
temprano, el Che Perma, le pidió al Charro el favor de ayudarle a cuidar a su
abuelita, radicada en Tepatitlaranch
, de entrada al valeroso defensor de los proles no le gustó la idea, pero, los
seiscientos pesos por día ofrecidos por el padre del Che-Perma lo convencieron.
Le pagaron el camión y para la tarde estaba en la ciudá de Tepa.
“Vamos a Tepa, tierra soñada…”
La abuelita, octogenaria con unas
mandíbulas feroces, postizas, (don´t be
matter) mordió al Charro en más de una ocasión al intentar darle de comer
su papilla. Además abusando de su demencia la señora entrada en años y salida
en carnes le pasaba la mano por la entre pierna al Charro y le pelaba los ojos.
“Hay ten-go unas booo-tas de mi di-fuuun-to…caf, caf, caf… ma-ri-do, pa´mí que
sí te que-dan, mi-ji-to”. “¿Nom´bre cómo va usté a creer, doña?” Contestó el
galán. “Te las doooooy si te en-cueeee-raaaas, caf, caf, caf”.
El
Charro no dijo nada pero prefirió guardar distancia. La anciana, que de estado
demencial no era tanta la cosa, lo observó y le dijo: “bueeeee-no te las doy si
me en- cueeee-ras”.
La
necesidad la maldita necesidad lleva al hombre a cometer actos viles, como
robar o incluso matar, en el caso de nuestro Charro, hasta encuerar a la
abuelita del Che Perma. ¿Para qué la desnudó el Charro? Pues para cambiarle el
pañal ¡Ah! Cochinos léperos, mal pensados…
Nomás en cuanto la viejita quedó en
puro fondo empezó a estornudar luego vino el moco y después la tos, y más
tos, y más tos. ¡Zas empezó a ponerse morada! Y nuestro valiente guapo e
inteligente Charro agarró a la anciana y corrió con ella a la yegua Rosita, la
montó ( a la yegua) y a galope tendido fue a parar a la clínica HGZ21 del
IMSS. Hasta eso, la recibieron muy
amables en urgencias: “¿Dónde le duele? ¿Qué le pasa? ¿Por qué no vino antes?
Pase usted acomódese el oxígeno. Ahorita la nebulizamos. ¿Nos permite tomarle
exámenes? Esperamos la camilla no le moleste. ¿Quiere algo de cenar…? Soy el
Dr. Fulanito y usted cómo se llama longeva señora. Yo soy la enfermera de
turno, tengo esta gran sonrisa para usted y espero servirle lo mejor posible,
estoy a su servicio, estoy dispuesta al sacrificio con tal de que usted
mejore…”
Yo no sé ustedes lectores pero a mí
así me tratan en el IMSS… incrédulos.
La cosa es que ocho horas después, y bajo criterio médico de
urgencias, es decir; hay cama disponible se hospitaliza, la cabecita blanca
terminó en una cama del servicio de medicina interna. Ya con suero y con oxígeno
le dijo al Charro:
—Avísales a mis
familiares gua-po-te, ándaleeeeee, y tráeme una cobija de la casa… éstas sábanas están muy fe-de-ra-les y delgaaaaadas.
El
Charro, todavía confundido fue a la casa de la señora Rosario, —perdón así se
llamaba Rosario—, y tomó una cobija chainita
chainita y vuelta a la clínica, gracias a su porte varonil y su rostro de
increíble belleza masculina… sí, lo saqué de Kalimán, y qué. Una enfermera le
permitió el paso de la cobija a la cama de doña Chayito.
—Costó trabajo pero
aí ta´la cobija —dijo el Charro.
Doña Chayito, se arrebujó en ella y
a dormir se ha dicho. El héroe de mil batallas contra la ignorancia se cruzó de
brazos, acomodó su sombrero a un costado de la cama y se agenció una silla.
Nomás al sentarse empezó a roncar.
Eran las tres de la madrugada cuando
una picazón en la espalda despertó al Charro. Abrió un ojo. A su izquierda la
viejecilla roncaba con unas puntas nasales para recibir oxígeno suplementario,
una señora gorda a su derecha leía un libro de religión. Frente a él, otros
tres enfermos divididos por persianas. Enfermeras iban y venían y la comezón lo
empezó a desesperar. El Charro, inició la remolina en la silla, pero fue tal el
prurito que se quitó la camisa ante el grito ahogado de la señora gorda con el
libro de religiones en la mano.
—¡Me pica me pica
quítamelo! —gritó el Charro.
La señora gorda pegó un alarido:
—¡Virgen santa de los aguacates pintos y niños del teletón con la cruz de
malta!, es una pinche chinche!
—No la chingue,
¿cómo chinche?
—Pos chinche, pinche Charro chinchento.
—¡Pos chinche a su
chinche! —se defendió el Charro.
—Chinche la suya…
¿Y la Chinche? Ha de haber muerto
por tanto grito.
Bueno,
la señora gorda le comentó a la enfermera, la enfermera le avisó al medico
interno, el médico interno fue con el chisme con el médico residente, el médico
residente fue con el mitote con el médico adscrito, (no lo encontró), bueno,
entonces fue a comentárselo a la socialworker.
Ésta se trajo dos policías y
hasta la calle fue a parar el Charro morado con todo y cobija. La viejita se
puso impertinente porque le quitaron a su cuidador y también se la aventaron al
Charro con todo y soluciones intravenosas funcionado.
—¡No le quite el
suero con eso tiene su viejita, órale chinchentos!
O.K. Nuestro Charro
cogió a la viejita…
O.K. Nuestro Charro agarró a la viejita y se la
llevó a atender a una clínica particular. Después el Che Perma y su papá
pegaron de graznidos por la cuenta y por ello no le dieron un peso al Charro.
El defensor de la prole
fue a despedirse de Rosario y la anciana cabecita blanca le dijo: —Pa´qué mortificarse Cha-rro. Sí me en-cue-ras te doy las botas de mi
di-fuuuuun-to al cabo calzaba igual que tú…
No deje de leer las
aventuras del Charro morado en 3D.
Por cierto el
Charro se llevó las chinches a la vencindá
la Herradura. ¡Qué importa si el Charro está estrenando botas!
