Las aventuras del Charro morado.
Por: Noé Reyes.
¡Ahí viene mi posada!...
Resulta que nuestro feliz y enigmático Charro, se le
ocurrió seguir en las manifestaciones contra la venta del petróleo, contra la
privatización, que no es privatización porque sólo van a comercializar nuestro
petróleo los extranjeros, no, no lo van a quitar. Entienda, no sea tontuelo,
esto es como si usted lector tuviera unas 100 hectáreas, herencia de su padre,
y no tiene los recursos para hacer producir esa tierra, entonces, en vez de
pedir prestamos para aplicarle tecnología
esa tierra, mejor la renta. Y así aquellos que le renten, van a
explotarle al máximo su terrenuco y
las ganancias por supuesto son para ellos, usted mi querido amigo solo recibirá
su renta que le dará alguna entrada extra de dinero, claro. Al final de varios
años, cuando su tierra ya no sirva, se marcharan los oportunistas y usted
quedará igual o peor porque ya tiene más familia o está más viejo. (En una de
esas los oportunistas no se quieren ir). ¡Aguas! Pero no es privatizar, of course not!
El hecho
es que nuestro valeroso Charro con las botas hechas un panal, por tanto
agujero, se enteró que su líder moral el Andrés Manuel, se infartó y presto
corrió a avisarle a doña Garga, buscando ésta le prestara unos fierros y poder
ponerle una veladora pa´ rezarle unos padres nuestros y así pedir por la salud
del líder Andrés. Pero al llegar a la vecindad se topó con que don Garraspeo,
flamante funcionario del PRI, convertido
en secretario de deportes de salón (Futbol, Fut-americano, jaibol, y
lanzamiento de bachicha) le andaba rentando su yegua Rosita a unos chamacos
para que estos la montaran y explotó el Charro.
–¿Qué jijos de la tiznada le está haciendo a mi yegua
pues, don Garraspeo? –bueno dijo más feo, pero hay niños leyendo esto y no
queremos mayor daño, ¿verdad?
Don Garraspeo
reculó al ver molesto al Charro y retiró la mano, en la cual tenía una vara,
con la que le estaba picando el cu… trasero a la pobre Rosita. Expreso una
sonrisa de: ¡yo no jui!... Los chiquillos que esperaban turno de montar la yegua
pegaron carrera hasta la esquina sin siquiera voltear.
–Mire nomás don Garraspeo, ¿a poco le está picando la
cola a mi Rosita? –preguntó el Charro más sorprendido que enojado –el hombre
regordete no quiso contestar y solo levantó los hombros al ver venir al Charro
con ganas de golpearlo.
–Mi estimado Charro, no es lo que parece se lo juro…
–Sí, a güevo, ¡que caray! Don Garraspeo, usted era de
izquierda y ahora trabaja en el PRI, ya le está picando el trasero a los
animales al cabo ni se quejan y si mi yegua se queja bien la anda golpeando,
edá.
–Le reitero mi juramento en base a los escrúpulos más
intrincados de mi base partidista siendo los puntos candentes de mi democracia
interior en la cual tengo un cívico valor poco furtivo y un séquito de ideas
para normar la conducta estandarizada de mis acciones… –decía don Garraspeo
atropellado, atisbando que el Charro no cambiaba de semblante, pero, si hay
algo que tiene los políticos, es ser hábiles, es salirse por la tangente, al punto
de que aunque sean culpables exigen una disculpa–. Le tengo una chambita de
cuidador de puerta de una posada… en una primaria, ¿cómo la ve? –dijo don Garraspeo
extendiendo el cuello. El Charro se miró las botas y su traje ya cateado y
apretó los labios.
Minutos después
y sintiéndose comprado, el Charro estaba en una cancha de basquetbol de una primaria
donde su inicial trabajo fue colocar sillas frente a un escenario improvisado,
sillas plegables, es cierto. Y poco a poco fueron llegando los padres y madres.
Todas encopetadas (las madres) y ellos (los padres) con gallos en el pelo y
baba en el cachete. Fueron a sentarse de una forma mona, simple, educada en las
sillas, cual buena educación, cual grata familia, sin escándalo y sin empujones;
se llenaron todas las sillas. Allá la flaca larga con botas tacón de aguja. Acá
la gordita fajada con pelo rizado y saco
hasta los zapatos. Por este lado la señora de treinta años, de buena figura,
que a pesar del frío va con una blusita y una falda ceñida, admiración de los
poco hombres presentes y envidia de las mujeres. (Las mujeres no se arreglan
para los hombres, se arreglan para que las vean otras mujeres y se las lleve la
fregada de envidia…) Decía mi abuelo.
Para el
Charro, fue sencillo mantener el orden hasta que empezaron los niños (con sus
pasos de cuadrito, una pierna a la izquierda otra a la derecha y se medio
balancean y como que cantan y como que se mueven y como que hacen algo) a bailar.
Entonces la disposición de los padres, ya establecida se perdió. Uno sacó un
celular y se acercó a grabar a su hijo. (Bueno en este país al hijo lo graban y
al papá lo gravan)Otra presentó una tablet
de 7 pulgadas; en la esquina una señora que durmió con chongo mostró una tablet de 15 pulgadas, y un padre con
cara de poco amigos saco una cámara de 35 megapixeles, y de pronto surgió
(aunque no lo crean) una señora con una tablet
de 45 pulgadas, alta definición y tercera dimensión sin lentes. Se amontonaron,
se pelearon por presumir a los hijos, alegando cual de los chiquillos hizo el ridículo
más bonito y se acabó la fiesta. El pobre Charro nomás pelaba los ojos.
Adivinanza: ¿Qué soy, qué soy? 1.-Me visto de pipa y
guante. 2.- Aunque tenga frío enseño mi figura o lo que fue mi figura. 3.-
Cargo con una cámara de poca madre. 4.- Cuando empieza el evento bailable me
voy hasta el frente a videar a mi hijo. 5.- Si sé la coreografía la hago con
él, o si me sé la letra de lo que canta la canto con él…
Yo soy: Una orgullosa madre de un niño de primaría.
No deje de
leer las aventuras del Charro morado defensor del oprimido. Por cierto la idea
de ¿Qué soy qué soy?, aparece en un programa de radio, Chispix Radio, 96.0 A.M.
programa para niños dirigido por Teófilo, a quien no conozco pero le mando un
saludo.
PD. No le
dieron bolo al Charro.
Jaja como siempre tan creativo... sigale asi primo
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